EN una película insignificante Cecilia Roth asevera con angustia que “madurar es comenzar a pudrirse”. Suena espantoso, lo sé, pero aún así prefiero tomarle el lado reconfortante tal como en la columna pasada. Tengo la certeza de que varios lectores de esta página vieron en ella un dejo de tristeza, sentimiento que en ningún momento estuvo dentro de mis planes. Muy por el contrario, pedir perdón me resulta bastante nice. Lo que pasó fue que para llegar a eso tuve que picar un poco de cebolla. Ahora, el problema es que ciertas personas no toleran el dolor en ninguna de sus dimensiones, pero la verdad es que es tan necesario como el aire. Ya lo dijo Beto hace tiempo: “sin dolor no te haces feliz”.
Si te echan de la pega, se muere tu viejo, te sacas un rojo, te rompen el corazón 12 veces, tu mamá es infeliz, tu mejor amigo te caga o te asaltan en la micro no te queda otra que comértela y aprender. En la universidad me enseñaron que una crisis siempre puede transformarse en una oportunidad, muchos años antes, como a los 9, mi papá me hizo lanzar deliberadamente un vaso al piso para que entendiera el poco valor de las cosas materiales. Perdimos un vaso, pero yo gané mucho más.
Y sí, en el camino hay decepciones y filtraciones de inocencia, pero cada marca se vuelve indispensable para enfrentar lo que viene. Para algunos el pasto del vecino siempre es más verde y más largo, afortunadamente no es mi caso. Es preciso ver la vida desde otra perspectiva, una donde se es feliz con lo que se tiene y no existen auto-recriminaciones por lo que falta.
Todos cargamos mochilas, la gracia está en la manera que las llevamos. Confieso que me desespera escuchar a mis amigos cuando me dicen que se sienten solos porque yo sé que no lo están. El punto es que está en ellos descubrirlo. Finalmente “cambiar el switch” es la clave para comprender que la putrefacción de la madurez nos hace crecer y no morir.