31 May, 2005

BE HAPPY

EN una película insignificante Cecilia Roth asevera con angustia que “madurar es comenzar a pudrirse”. Suena espantoso, lo sé, pero aún así prefiero tomarle el lado reconfortante tal como en la columna pasada. Tengo la certeza de que varios lectores de esta página vieron en ella un dejo de tristeza, sentimiento que en ningún momento estuvo dentro de mis planes. Muy por el contrario, pedir perdón me resulta bastante nice. Lo que pasó fue que para llegar a eso tuve que picar un poco de cebolla. Ahora, el problema es que ciertas personas no toleran el dolor en ninguna de sus dimensiones, pero la verdad es que es tan necesario como el aire. Ya lo dijo Beto hace tiempo: “sin dolor no te haces feliz”.

Si te echan de la pega, se muere tu viejo, te sacas un rojo, te rompen el corazón 12 veces, tu mamá es infeliz, tu mejor amigo te caga o te asaltan en la micro no te queda otra que comértela y aprender. En la universidad me enseñaron que una crisis siempre puede transformarse en una oportunidad, muchos años antes, como a los 9, mi papá me hizo lanzar deliberadamente un vaso al piso para que entendiera el poco valor de las cosas materiales. Perdimos un vaso, pero yo gané mucho más.

Y sí, en el camino hay decepciones y filtraciones de inocencia, pero cada marca se vuelve indispensable para enfrentar lo que viene. Para algunos el pasto del vecino siempre es más verde y más largo, afortunadamente no es mi caso. Es preciso ver la vida desde otra perspectiva, una donde se es feliz con lo que se tiene y no existen auto-recriminaciones por lo que falta.

Todos cargamos mochilas, la gracia está en la manera que las llevamos. Confieso que me desespera escuchar a mis amigos cuando me dicen que se sienten solos porque yo sé que no lo están. El punto es que está en ellos descubrirlo. Finalmente “cambiar el switch” es la clave para comprender que la putrefacción de la madurez nos hace crecer y no morir.

22 May, 2005

VÉRTIGO

"And so it is just like you said it would be, life goes easy on me... most of the time. And so it is, the shorter story, no love no glory, no hero in her sky. I can´t take my eyes off you..."
La primera vez que salí del cine con el pecho contraído fue después de ver Requiem for a Dream. Desde entonces han pasado ya unos cuatro o cinco años, para mí un tiempo velozmente aletargado. La segunda vez fue hace un par de semanas. Closer abrió puertas cerradas con 354 candados cuyas llaves tiré por ahí en lo más oscuro de mi memoria. Es fácil escribir de amor y desamor, pero no es sencillo recordar las sensaciones que ambos provocaron explosivamente casi al unísono. Neruda escribió una día "la quería para amarla y no amarla, la quería con olvido apasionado", y yo, muchos años más tarde, amé de la misma forma. De que el amor es ciego no hay dudas, tampoco las hay de que enamorarse a manos llenas duele, simplemente duele. El corazón se rompe, en pedacitos, no hay infartos ni hipertensión, pero el corazón se quiebra como el cristal cuando lo lanzas al piso. Así nada más, se quiebra. Nos pasa a todos.
Estaba en mi butaca sentada junto a mis amigos, pero finalmente sola. Probablemente no será fácil de comprender, pero no hablo de soledad cotidiana, me refiero a esa soledad que sólo se evade con la existencia de un otro a quien se le tiene un amor no perecible. Un tercero con el que se construye vida, pasión, necesidad, tolerancia, futuro y admiración profunda. Un desconocido que detiene el tiempo y se vuelve indispensable para continuarlo.
En plena película mi corazón, el que tengo sellado al vacío para que no vuelva desarmarse, se conmovió al notar que había algo que aún no entendíamos ni nosotros ni el resto... ¿por qué ese "otro" que te ama de vuelta puede hacerte tanto daño? Ciertamente en el mundo hay infidelidad, mentira, engaño, egoísmo, cobardía, orgullo, pero ojalá todo eso tuviese que ver con los demás y no con la persona de la cual uno se enamora genuinamente.
Al salir del cine le reconocí a Germán que es cierto, tengo vértigo, no soporto la sola idea de perarme al borde del abismo. No quiero volver a caer en la incertidumbre de mi inocencia, no quiero perder el control de mi vida, no quiero enfermar de cólera otra vez, no quiero caminar hacia lo desconocido de la mano de alguien más. Sé de sobra que amar es tan maravilloso como agonizante resulta luego el olvido.
Errar es humano y perdonar es divino... desde ese punto de vista estoy lejos de San Pedro, pero quisiera pedir disculpas por esas palabras que no debí siquiera pensar, esas palabras que dañaron a ese "otro" que amababa, esas palabras que dije mientras veía desaparecer lo que no fue.
Sin darnos cuenta los que quedamos con el bypass también herimos a quien lo provoca.
"...AND SO IT IS, JUST LIKE YOU SAID IT SHOULD BE"

07 May, 2005

SEGÚN recuerdo a los catorce hice mi primera metáfora importante en una conversación, de ahí en adelante el concepto se volvió recurrente y vivo dando ejemplos para darme a entender.

Recuerdo que uno de los buenos fue aquel que surgió un fomingo cualquiera en el loft de Maturana. Hablando de la pareja ideal, esa que te hace click y te complementa llegué a la conclusión de que tal anhelo es como el de la casa propia. Ensayos algunos tenemos varios y nos mudamos con frecuencia, de casa en casa, de depa en depa; que "el sol de la tarde me sofoca" o "el frío se cuela por las ventanas en las noches", que "la ubicación está lejos de mis amigos" o "el ruido de los vecinos no me deja dormir". Tratamos de acomodarnos y a veces resulta bien por una temporada, hasta que el local te queda chico, entonces ya no es nuevo, pierde el brillo y no queda más que buscarte otro.

Sé de gente que religiosamente compra El Mercurio los domingos, marca con un destacador los avisos que le parecen atractivos, pero no se cambian nunca de casa. Es que cuando visitan esos espacios notan que no hay mejor lugar que el propio. En otros casos la mudanza es cuestión de vida o muerte, o se te cae el techo en la cabeza o empiezas a embalar. En este último caso encontramos a varios tipos de personas. Están los que envuelven todo en diario para no quebrar nada, los que tiran rápidamente cualquier cosa en una bolsa para terminar rápido y los que contratan a una empresa de embalaje, wákala, a esos los odio...

Creo que las relaciones son así, claro hasta que llega el momento del hogar definitivo y dejas de arrendar, en otras palabras, se acabó la búsqueda. En esa última fase o te compras una casa y la arreglas a tu pinta o construyes un modelito soñado. En cualquiera de los casos siempre se espera que sea el último de los cambios, aunque ojo, un terremoto o un embargo son parte del inesperado destino que nos espera. Bueno, esas son las reglas del juego ¿no?
Maturana encontró una casa top, seguramente se la va a comprar. Yo todavía arriendo, pero aunque amo mi depa de un ambiente es probable que me cambie a uno con pieza, es un buen momento para hacerlo.

Debo confesar que en mi ranking personal es otra la metáfora que se lleva todos los premios. Desde hace un par de años me parece que la vida es como el Metro, subterránea, con estaciones, con líneas amarillas que te indican que el pasito más allá está prohibido, el ir y venir de miles de personas, detenciones en el túnel y chancacazos inesperados.

Alguien comentó el otro día que a partir de la manera en que fuma una persona se puede descifrar su stylo sexual: compulsivo, suave, rudo, etc. En mi cabeza yo traspolo los comportamientos de los pasajeros a su vida cotidiana. En un mismo vagón me encuentro con el que se hace el dormido para no ceder el asiento y por el contrario al lolito caballero que salta como si tuviera un elástico entre la próstata y el pantalón. Están los que hablan despacito y las escandalosas, los que leen el diario porque es gratis y los que traen su libro añejo de Borges, los que no tocan nada porque no es higiénico y los hediondos de verano... no, de esos no pienso hablar, mi furia es con el Gobierno, me parece que en dicha temporada deberían regalar desodorantes, pero bueno, no va a pasar.

De mi analogía entre la vida y el Metro hay una cosa que me asusta, ambas tienen fin y ninguna depende de mí. Siempre es lo mismo, “estación escuela militar, todos los pasajeros deben descender del tren”.