
León era un asesino profesional cuya singularidad no estaba marcada por su exquisita precisión mortal. Lo cierto es que la particularidad de su ser tenía que ver más bien con esas características que sólo se ven con los ojos cerrados.
León era un tipo extraño. Cada vez que su rudeza ya no podía seguir fingiendo resultaba inevitable identificar en él ternura genuina e ingenua.
León tenía una sola amiga – una planta – la que requería de cuidados simples y siempre permanecía en silencio. No es casual el que ninguno de los dos haya extendido sus raíces de manera definitiva en tierra alguna.
León le temía a la vida, no a la muerte. Absurdo temor para los ignorantes, recurrente para los demás.
León tenía 35 largos reducidos años.
Mathilda tenía 12 extensos cortos años.
Mathilda estaba llena de vida a pesar de cargar con el peso del sufrimiento. Lejana relación para los ignorantes, cercana para los demás.
Mathilda tenía una familia. Su corazón sabía de raíces hasta que los mataron a todos.
Mathilda era una niña excepcional. Más allá del dolor agonizante de su pérdida, el brillo de sus ojos y su desbordante sonrisa se presentaban como una reacción dulcemente involuntaria.
Mathilda se enamoró de León. Necesitaba dar muerte a la muerte.
León se enamoró de Mathilda. Necesitaba oler la vida.
"He deals the cards as a meditation, and those he plays never suspects. He doesn´t play for the money he wins, he doesn´t play for respect."